CUANDO LA FAMILIARIDAD NOS HACE PERDER EL VALOR DE LO QUE TENEMOS
CARTA PASTORAL 01 · SERIE: MADUREZ PARA SERVIR
Hay cosas valiosas que, por tenerlas cerca durante mucho tiempo, podemos comenzar a tratar como comunes. Esta carta es una invitación a detenernos, reconocer lo que Dios ha puesto delante de nosotros y aprender a honrarlo antes de que la familiaridad nos haga perder de vista su verdadero valor.
“Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra,
prefiriéndoos los unos a los otros.” — Romanos 12:10.
Amada iglesia de Cristo:
Hay cosas que un día recibimos con lágrimas de gratitud y que, con el paso del tiempo, podemos comenzar a tratar como comunes. Una familia, una amistad, una congregación, una responsabilidad, una oportunidad de servir e incluso nuestra relación con Dios pueden seguir estando presentes mientras nuestro corazón deja lentamente de valorarlas.
La familiaridad no siempre destruye el amor; muchas veces simplemente nos hace descuidarlo. Seguimos diciendo “te amo”, pero dejamos de cuidar, agradecer, escuchar, responder, servir y honrar. Por eso la Escritura nos recuerda: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18). El amor bíblico no solamente se declara: se vuelve visible.
Jesús también experimentó el peligro de la familiaridad. En Nazaret preguntaron: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13:55). Habían estado tan cerca de lo cotidiano de Jesús que les costó reconocer lo que Dios había puesto delante de ellos. La cercanía, cuando no va acompañada de discernimiento y gratitud, puede hacernos perder el asombro.
Esto puede sucedernos en todas nuestras relaciones. Podemos acostumbrarnos al cónyuge y dejar de expresarle amor; a nuestros padres y dejar de honrarlos; a nuestros hermanos y dejar de cuidarlos; a nuestra iglesia y dejar de agradecer por ella; a quienes sirven junto a nosotros y dejar de reconocer su esfuerzo. También podemos acostumbrarnos a una asignación de Dios hasta comenzar a cumplirla sin la fidelidad y el cuidado con que la recibimos.
La madurez espiritual también se manifiesta en la manera en que tratamos a los demás. Romanos 12:10 no coloca la honra en una sola dirección: “en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros”. Honrar no es adular ni engrandecer personas. Es reconocer con gratitud el valor que Dios ha depositado en ellas y tratarlas conforme al amor de Cristo.
Y cuando Dios pone algo en nuestras manos, también espera fidelidad. “Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2). No todo servidor tendrá la misma función, pero cada uno puede cuidar con fidelidad aquello que recibió. El don nos permite servir; la madurez nos enseña a cuidar lo que se nos confía.
REMA PASTORAL
La familiaridad puede hacernos dejar de cuidar lo que todavía decimos amar. No esperemos perder algo para descubrir cuánto valía. Honremos mientras podemos honrar, amemos mientras podemos amar, cuidemos mientras podemos cuidar y sirvamos fielmente mientras Dios nos concede la oportunidad.
Hoy vale la pena preguntarnos delante de la Palabra: ¿qué sigo diciendo que amo, pero he comenzado a descuidar? Tal vez Dios no nos está pidiendo recuperar algo perdido, sino volver a valorar algo que todavía tenemos.
Y recordemos que nuestra fidelidad tiene una mirada eterna. Jesús dijo: “Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así” (Mateo 24:46). Cristo viene. Que Su regreso no nos encuentre acostumbrados a lo santo, indiferentes a quienes amamos o descuidando lo que Él puso en nuestras manos. Que nos encuentre amando, honrando, sirviendo y permaneciendo fieles.
Con amor pastoral,
Pastor Luis Vides
Viva y Eficaz — ENSEÑA • CAPACITA • TRANSFORMA
Viernes 25 de Septiembre 2026